¿Tienes que hacer una presentación? ¡Pues no estás solo! Se estima que cada día se preparan más de 36 millones de presentaciones en todo el mundo. Es decir, el equivalente al número de habitantes de Canadá. Increíble, ¿verdad? Pero ¿cuántas de estas presentaciones logran sus objetivos? Y online, ¿cuántas personas siguen escuchando hasta el final? Ahí ya estamos hablando más bien del número de habitantes de Liechtenstein. Porque si ya cuesta enganchar al público estando cara a cara, el riesgo de perder a tu audiencia es mucho mayor si te están siguiendo online desde el confort y las distracciones de su propia casa.

Seamos sinceros—es imposible tener al público siempre en la palma de tu mano, pero puedes mejorar—y mucho—tus posibilidades, si evitas los siguientes ocho errores comunes.

Los 8 Errores Comunes

 

1. Te vas por los cerros de Úbeda

Hoy en día nos falta tiempo y la atención es oro—no estamos aquí para escuchar La Iliáda, así que sé breve al introducir la idea y evita las divagaciones. ¿Quieres vendernos una idea? ¿Nos explicas el plan de implementación? ¿Tenemos que tomar una decisión? Piensa en forma Twitter—llegar a tu idea principal dentro de los dos primeros minutos y explícanos de forma directa y clara cómo va a mejorar o facilitar nuestras vidas. Divide tu contenido en apartados claros con datos y ejemplos para apoyar tus puntos.

2. Tus diapos son feas o anticuadas…

Nunca son buena idea, pero en entornos presenciales, unas diapositivas densas, sosas o poco atractivas se pueden compensar en parte con un buen lenguaje corporal y carisma. Sin embargo, cuando hablamos online la atención del público está centrada casi exclusivamente hacia las diapositivas—y los defectos que tengan.  ¡Es un poco cómo estar en un restaurante y sólo poder mirar tu plato! Cuidado con las fuentes, colores y errores de ortografía. Y sobre todo, olvídate de las parrafadas y mil viñetas de estilo “Docupoint”—usa mejor las palabras y frases clave. ¡Menos es más!

3. No utilizas tu imaginación

Saca tu creatividad y echa mano a las imágenes. Si lo haces bien puedes realmente transformar tu presentación y tus posibilidades de enganchar al público. Las imágenes no sólo dan más impacto a tu mensaje sino que también facilitan la comprensión—¡65% de las personas aprendemos de forma visual! Busca imágenes inusuales o metafóricas para recalcar tu mensaje. Prueba Shutterstock para imágenes conceptuales o Unsplash para imágenes más reales (¡y gratuitas!). Pero evita aliñar tu diapo con fotos pequeñas—recuerda, no son la guarnición, sino el plato principal, así que ¡atrévete con el formato plena pantalla!

4. Te faltan diapositivas

¡Sí, has leído bien! Recuerda que un exceso de datos, sea de texto, números o gráficos, va a confundir y aburrir en vez de clarificar y convencer. Pero ¡meter más (buenas) diapositivas es gratis!  Es decir, en vez de intentar meter contenido con calzador en una sola diapositiva que acabe pareciendo el plano del Tube de Londres, es mucho mejor separarlo en varias diapositivas. De esta forma no sólo transmites tu mensaje de forma más efectiva, sino el público prestará más atención porque tiene la sensación de ir avanzando. No olvides guiar a tu audiencia por el desarrollo de tu presentación con diapos que marcan cada sección, ¡así no hay quien se pierda!

5. Hablas a medio gas

Antes de nada, no olvides que tu público sabe leer y encima lee mucho más rápido que tú lees en alto. Un 60% más rápido para ser exacto (promedio de 280 palabras leídas por minuto de adulto versus 173 palabras pronunciadas por minuto por los presentadores más populares de TED). Una diferencia que puede llegar a parecer una lentitud insoportable en un entorno virtual. Deja de usar tu PowerPoint como teleprompter y no leas el contenido—en su lugar, resume y enriquécelo con ejemplos, hechos e ilustraciones. Y a falta de gestos, tu voz es crucial para dar vida a tu mensaje y enganchar al público. Ponte recto o incluso de pie para liberar el diafragma, usa buena entonación, pausas y varía el tempo para proyectar energía. Cuando no te ven, tu voz es la estrella del show, así que ¡saca el DJ que llevas dentro!

6. Sólo hablas tú

Una de las maneras más rápidas de aburrir y perder a tu público es convertir tu presentación en un monólogo. Sentados juntos en una sala, la presión social no permite a la gente hacer mucho más que echar una mirada furtiva al móvil, pero sentados ahí en casa, ya poco impide la estampida general hacia la caja de Pandora de internet, Instagram y el torbellino de noticias. Para evitar la huida, es vital parar cada 5/6 minutos para involucrar al público con preguntas, algún sondeo o invitando a hacer comentarios. De acuerdo, al principio parecerá que estás hablando con el Gran Agujero Negro, pero ten paciencia, aguanta el silencio y verás que se anima la gente. Para grupos grandes prueba Mentimeter, Kahoot o incluso Quizziz para fomentar la participación. Pero ojo, busca ayuda para controlar el chat con grupos grandes, porque fácilmente puede descontrolarse y empezar a distraerse de tu mensaje. Piensa en alternar con otra persona para que el público escuche voces distintas. Como siempre, ¡la variedad es la sal de la vida!

7. No tienes un Plan B

Admitámoslo, ¡la Ley de Murphy arrasa en los webinars! Durante los últimos siete meses de impartir nuestros cursos o asistir a webinars, incluso en instituciones prestigiosas de Harvard, Stanford o MIT, nuestro equipo ha sido testigo de todo tipo de problemas técnicos en directo. Hemos visto numerosos fallos de cámaras y micrófonos, problemas de compartir pantalla, videos que no funcionan, el colapso total de Microsoft Teams y, memorablemente, un ordenador que de repente decidió reiniciarse justo cuando el ponente abría la sesión. ¡Y no hablemos de ruidos de tráfico, niños peleados, e incluso gatos hambrientos! ¿Qué hacemos entonces? Ensaya todo de antemano, ármate de paciencia y ten un plan B. Siempre cierra las puertas, enchúfate al internet fijo, manda tu PPT antes a un compañero por si acaso y ten unas preguntas preparadas para lanzar al público mientras ganas tiempo para arreglar el tema. Y si ocurre lo peor, ¡mantén la calma y no te preocupes! Estamos todos juntos en esto y la audiencia ya habrá visto de todo. Como dijo un ponente de MIT, “La vida es así ahora mismo.”

8. No te has formado

¡Hay que decirlo! Muchas personas se lanzan (¡o están lanzadas!) a hacer presentaciones sin realmente saber hacerlo, y mal que bien, lo van haciendo. Pero, como en todo, aprender trucos, practicar técnicas y recibir feedback experto marca una diferencia espectacular en tu nivel de confianza y capacidad de influencia. Es que, ¡no es igual saber cocinar algo que ser un Master Chef!

 

La próxima vez que des una presentación online, ¡aplica estas recetas y haz que el público te acompañe hasta salgan los créditos! Y si te interesa aprender más técnicas y realmente dominar el arte de presentaciones online, consulta nuestro Calendario de Cursos Abiertos en español o inglés o ponte en contacto para opciones in-company.

 

 

 

negotiating, negociación

La vida es una larga negociación.

Eres un negociador muy experimentado. Negocias en casa con tu pareja,  en el trabajo con tus compañeros y en tiendas con los vendedores – y lo haces a diario.

El objetivo de la mayoría de las negociaciones es obtener algo que quieres. Pero cómo lo consigues depende de la estrategia que decidas emplear. Podrías mantenerte firme en busca de tu mejor oferta…o podrías fingir mantenerte firme, pero estar dispuesto a ceder terreno al final. Tal vez intentas atacar a tu interlocutor en un intento de demostrar que se ha equivocado y que tú llevas la razón…o tal vez simplemente actuar de la forma más razonable y justa posible.

La estrategia: clave de la negociación

Encontrar la estrategia más adecuada puede ser crucial para el éxito de una negociación. Y como la historia verídica que viene a continuación demuestra, las experiencias cotidianas nos pueden enseñar mucho sobre técnicas sencillas de negociación.

El catedrático de Columbia University Adam Galinsky esperaba embarcar en un vuelo cuando oyó el siguiente anuncio: “Tenemos overbooking y estamos buscando voluntarios para volar mañana en vez de hoy”. En un principio la aerolínea ofrecía $200 a aquellos pasajeros dispuestos a posponer su vuelo al día siguiente. A Adam no le tentó esta oferta inicial porque no le venía especialmente bien cambiar sus planes de viaje. Sin embargo, ningún voluntario se ofreció y la aerolínea incrementó la oferta hasta $350 (tentadora, pero todavía no suficiente para Adam) y después hasta $500. Como a Adam no le sobraba el dinero, esta oferta le hizo reaccionar – especialmente porque sólo había pagado $200 por su billete original.

La negociación, ¡pasito a pasito!

La mayoría de las personas en el lugar de Adam simplemente habría cogido el vale y volado el día siguiente. Sin embargo, Adam era un profesor de negocios y se dio cuenta de que entraba a negociar con la aerolínea. Así que se acercó al mostrador y dijo: “Si acepto su oferta, ¿me pondrán en primera clase mañana?” Y la aerolínea respondió, “claro, podemos hacer eso.”  Ahora Adam tenía un vale de $500 más una mejora a primera clase. Entonces, pidió una noche en un hotel…“claro, podemos hacer eso también”, dijo la aerolínea. Ahora tenía un vale, un asiento en primera clase y un hotel. Pero Adam aún no había acabado. “OK, tendré que cenar esta noche, ¿pagarán por eso también? Además, un amigo iba a recogerme esta noche y mañana no puede, ¿me pondrán un coche para llevarme a casa?” La aerolínea asintió a todo.

El Mordisqueo

Esta técnica se llama “el mordisqueo”. Alcanzas un acuerdo general y entonces pides algo más –algo pequeño – a tu interlocutor. En este caso, fueron cosas de poca importancia para la aerolínea. La empresa probablemente tenía asientos de primera clase libres y un acuerdo pactado con hoteles y servicios de limusinas. Aquel día diez pasajeros aceptaron el vale de $500, pero Adam fue el único que recibió los extras. La moraleja de la historia: Siempre hay que estar negociando. Incluso cuando piensas que has llegado a un acuerdo, a menudo se puede conseguir más.

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communicating with impact

La mayoría de los políticos habla en exceso. Pero no es el caso del trigésimo presidente de Estados Unidos. A Calvin Coolidge, presidente desde 1923 hasta 1929, se le conoció como Silent Cal. Su fama de ser parco en palabras era más que merecida.

Una vez una mujer se acercó a él y dijo:

‘Señor Presidente, he apostado con mi marido que podré sacarle más de dos palabras.’

‘Pierde Usted,’ respondió Coolidge.

Es posible que Silent Cal llevara su búsqueda de concisión demasiado lejos, pero tenía razón en algo: Una de las formas más efectivas de mejorar el impacto de un comunicador es ser conciso. ¡Lo bueno, si breve, dos veces bueno!

  1. Más breve es más digerible: La buena comunicación tiene mucho en común con comer sano. En los dos casos la clave es encontrar la medida justa. El objetivo es que el público se levante de la mesa satisfecho, pero no hastiado. Intervenciones excesivamente largas resultan en indigestión comunicativa, una condición terminal que empieza con incomprensión y termina con aburrimiento y la muerte. ¿Cuánto necesitas extenderte? Acuérdate siempre de dejar de hablar antes de que tu público deje de escuchar.     
  2. Más breve es más decisivo: No tengas miedo de acabar antes de tiempo. Si el programa marca una duración de 20 minutos para tu presentación, pero puedes decir lo que quieres en diez minutos, ¡acaba en diez! De igual modo, no redactes un informe de cuatro páginas si puedes comunicarlo todo en una. Tomar estas medidas requiere auto-confianza y dotes de liderazgo. Y si lo haces de forma apropiada, te ayudará a destacarte y parecerás más incisivo y decisivo.
  3. Más breve es más memorable: El Gettysburg Address de Abraham Lincoln – el que contiene la línea “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” – se cita a menudo como uno de los grandes discursos de la historia. También es uno de los discursos más cortos de la historia. ¿Cómo de corto? Cuenta con 272 palabras y una duración de unos tres minutos. El discurso de Lincoln tuvo lugar tras una peroración de dos horas de duración de Edward Everett, un conocido orador norteamericano de la época. ¡No hace falta decir cuál de los dos discursos se recuerda mejor hoy!

Y como prueba definitiva, hay una historia que Ronald Reagan solía contar sobre un sermón muy corto que presenció durante su niñez en Dixon, Illinois. Fue el día más caluroso del año y todos en la iglesia estaban sudando a la gota gorda. Cuando llegó el momento de pronunciar el sermón, el cura subió al púlpito y miró a los feligreses. Con el dedo señaló abajo y dijo: ‘Hace más calor todavía en el Infierno’. Y sin más, bajó del púlpito. ¡Eso fue su sermón!

Digerible, decisivo y memorable. ¡Amén!   (464 palabras – ¡el artículo In Form más corto de todos los tiempos! ¡Otra vez Amén!)

 

key to conflict resolution

Aristóteles tiene todas las respuestas.

¿Quieres aprender sobre lógica, política, ética, filosofía o biología? Lee a Aristóteles – él lo sabe todo. Pero ¿qué hay sobre los asuntos más mundanos? ¿Puede ayudarnos él con nuestros problemas cotidianos en casa y en el trabajo? Por supuesto, ¡Aristóteles tiene todas las respuestas! Tomemos como ejemplo la resolución de conflictos.

Aristóteles nos dice que el secreto para resolver conflictos es cambiar el tiempo – tiempo verbal concretamente. En vez de emplear el pasado en nuestras discusiones, deberíamos hacerlo en futuro. Como veremos a continuación, el futuro tiene como protagonistas la elección  y la oportunidad, mientras que el pasado tiende a atascarse en los reproches.

En el libro Thank you for arguing, Jay Heinrichs explica exactamente lo que Aristóteles quería decir. Imagina que estás en casa escuchando música y tu pareja te pide que bajes el volumen. Dependiendo del estado de ánimo en el que te encuentres, podrías contestar de una de las siguientes formas:

  1. Reproche (mirando hacia el pasado): ¡Que no es mi culpa! Fuiste tú quién ajustó el volumen la última vez.
  2. Elección (mirando hacia el futuro): De acuerdo. Pero ¿en realidad está la música tan alta o quieres que pongamos otra cosa?

Notemos el modo en que el pasado trata sobre asuntos relacionados con la justicia. Es lo que Aristóteles llamaba retórica ‘forense’. Las discusiones forenses nos ayudan a determinar culpabilidad y a propinar castigo. Mira cualquier dramón de juzgados en la TV y oirás bastantes diálogos en tiempo pasado. Aunque funciona muy bien en el entorno de detectives y abogados, no es una buena receta para la armonía en el trabajo o en casa.

Por el contrario, el enfoque hacia el futuro evita los conflictos. Hablando en futuro no nos quedaremos atascados en pequeñas riñas sobre quién tiene la razón o no, se centra directamente en dar una solución al problema. A Aristóteles le encantaba utilizar el tiempo futuro simplemente por esta razón: predica la elección y nos ayuda a decidir cómo alcanzar nuestras metas mutuas. Aquí hay otro ejemplo:

Mi mujer: ¿Quién se ha bebido toda la cerveza?

Yo: Esa no es la pregunta, ¿no? La pregunta es: ¿Qué vamos a hacer para que no vuelva a pasar?

Bromas aparte, esperamos conseguir algo con nuestras discusiones. Y si es posible, queremos que todas las partes lleguen a un acuerdo al final. Pero esto es imposible cuando tantísimas discusiones degeneran en acusaciones y contra acusaciones. La realidad es que la mayoría de las discusiones tienen lugar en el tiempo equivocado.

Si quieres discusiones más productivas, ¡habla en futuro! Evita el tono negativo acusador en preguntas como ‘¿por qué enviaste el informe tarde?’ y adopta el tono más positivo haciendo tu pregunta mirando hacia el futuro con ’¿cómo podemos buscar el modo para enviar los informes a tiempo?’

En resumen: para desbloquear la discusión, mira hacia delante en lugar de hacia atrás. El pasado es para culpar y el futuro es para resolver conflictos… ¡y Aristóteles es para siempre!