El otro día perdimos la conexión de Internet. Al principio mi hijo pensó que era un problema de su ordenador, así que salió de su cuarto y trató de conectarse desde el ordenador de mi despacho. Tampoco funcionaba la conexión ahí.

“No es tu ordenador. Se ha caído Internet”, grité desde la cocina.

Asustado, mi hijo corrió a la cocina y dijo “Quién eres?”

“Soy tu padre.”

Mi hijo estaba perplejo y se quedó callado un momento. “Pero estás calvo y tienes canas”, dijo.

“Has estado pegado a tu ordenador tanto tiempo que ni siquiera reconoces a tu padre. El tiempo pasa ¿sabes? Si pararas en algún momento de ver YouTube sabrías quién soy.”

Mi hijo parecía avergonzado. Nuestra primera conversación en años no había empezado bien.

Justo entonces se abrió la puerta y llegaron mi mujer y mi hija.

Mi hijo me miró sorprendido. “Entonces supongo que ésta debe ser mi madre.”

“¡Vaya!”, dije. “Siempre has sido buen fisonomista.”

“¡Hola mamá! Pareces tan…tan…bajita.”

“No soy bajita, lo que pasa es que tú has crecido, eso es todo”, respondió mi mujer.

“Quién es éste?” preguntó mi hija Sara.

“Es tu hermano Bryan”, contesté.

“Ah” dijo Sara. “Sabía que alguien ocupaba el cuarto de al lado. ¿Cómo estás? He oído hablar mucho de ti.”

“¿Tengo una hermana?” preguntó Bryan. “¡Jo! ¡Es alucinante! No hay nada mejor que perder la conexión a Internet para llegar a conocer a tu familia.”

“Tienes toda la razón”, comentó mi mujer.

“¡Hemos perdido la conexión a Internet! ¡Qué rabia, no me lo puedo creer!” gritó Sara a la vez que corría hacia su cuarto para comprobar su ordenador.

La conversación no iba bien.

“Escuchad”, dijo Bryan, “Ya sé que he estado un poco distante últimamente… siempre pegado al ordenador y todo eso. Pero ahora que hemos perdido la conexión a Internet, me gustaría ser mejor hijo y hablar más con vosotros.”

“Fantástico, Bryan”, dije. “¿De qué quieres que hablemos?”

“Hmmm, buena pregunta, pues no sé…”

La conversación iba perdiendo fuerza.

En ese instante Sara gritó desde su cuarto, “¡Se acabó la emergencia! ¡Ya funciona Internet!”

“Mamá… papá, ha sido estupendo que habláramos. Me ha encantado. Deberíamos hacerlo más a menudo”, dijo mi hijo a la vez que salió disparado hacia su cuarto.

“Tú eres el experto en comunicación. Arréglalo tú!” dijo mi mujer en tono sarcástico clavándome la mirada.

“Vale, de acuerdo, tienes razón… pero deja que termine con mis e-mails antes.”

Epílogo: No dejes que mi historia se convierta en tu historia. Es bueno hablar. ¡A por una mejor comunicación en todas nuestras casas este año!