¿Dónde está mi pony?

El expresidente de EE.UU. Ronald Reagan era famoso por su sentido del humor. Una de sus anécdotas favoritas era sobre dos niños y un pony. Los niños eran gemelos, pero tenían personalidades radicalmente opuestas. Uno optimista al cien por cien y el otro totalmente lo contrario, pesimista al cien por cien. Sus padres llegaron a estar tan preocupados con este asunto que decidieron llevarlos al psiquiatra.

El psiquiatra atendió al niño pesimista primero. Lo llevó a una habitación que tenía montañas de juguetes. En vez de gritar de emoción  el niño rompió a llorar. “¿Qué te pasa?” preguntó el psiquiatra. “¿No quieres jugar con todos estos estupendos juguetes?” “Por supuesto que quiero”, dijo el niño lloriqueando, “pero me da miedo romperlos.”

A continuación el psiquiatra atendió al optimista. Llevó al niño a un cuarto que tenía montañas de estiércol de caballo. En vez de taparse la nariz para evitar el mal olor, el niño dio gritos de alegría. Después saltó sobre el montón de estiércol y empezó a escarbar con las manos. “¿Qué haces?” preguntó el psiquiatra todo perplejo. “Con todo este estiércol,” dijo el niño, “¡debe de haber un pony por aquí en algún sitio!”

Reagan contó esta anécdota tan a menudo que se convirtió en una broma habitual entre sus consejeros. Siempre que alguna cosa iba mal alguno decía, “¡que no cunda el pánico! Debe de haber un pony por aquí en algún sitio”. Esta anécdota es un buen recordatorio de la importancia que tiene pensar en positivo. Pero las cosas no siempre salen bien en el mundo real. ¿Qué pasa cuando no hay ningún pony…cuando simplemente lo que hay es un montón de estiércol de caballo?

Hoy en día nos bombardean por los cuatro costados con el mensaje de pensar en positivo. Todos desde el presidente actual de EE.UU. Barack Obama (Yes we can!) hasta oradores motivacionales como Tony Robbins nos atosigan con su incesante  positivismo. Pero auto-convencernos de que todo irá bien es una preparación muy pobre en caso de que ocurra exactamente lo contrario.

Quizá los filósofos antiguos pueden recordarnos algunas de las cosas que los “management” gurús actuales parecen haber olvidado. Estos filósofos entendían la necesidad de equilibrar lo positivo con lo negativo, éxito y fracaso. Los estoicos de la antigua Grecia recomendaban algo que ellos llamaban “la premeditación de los males”. Oliver Burkeman, autor de El antídoto: Felicidad para gente que no soporta el pensamiento positivo, explica que es “una técnica estupenda que conlleva visualizar el peor resultado posible, en lugar del mejor. Una ventaja de esto es que sustituimos el pánico y el miedo descontrolado, con lo que normalmente respondemos a los problemas, por un sobrio análisis de hasta dónde exactamente llegarán las cosas que pueden ir mal.”

Este concepto es similar a los que los psicólogos en la actualidad llaman pesimismo defensivo. El pesimismo defensivo es una forma de pensar negativa que produce resultados altamente positivos en muchas personas. Cuando se presenta un nuevo reto, los pesimistas defensivos limitan sus expectativas y analizan en detalle todo lo que puede ir mal. Entonces descifran el modo en el que  responderán a cada una de las dificultades potenciales. En el mundo actual del ‘yes we can’, los ejecutivos harían bien en recordar la importancia de pensar de forma negativa. Nos puede ayudar a evaluar los riesgos con precisión, centrar nuestros esfuerzos en metas alcanzables en lugar de perder el tiempo en sueños irrealizables, e incluso reducir nuestro nivel de estrés – después de todo, hay pocas cosas más estresantes que la demanda constante de ser positivo 24/7.

Así que, el consejo es bien claro: ver siempre el lado positivo de las cosas es un error. De hecho, alguno de vuestros miembros de equipo más valiosos pueden ser aquello que pone más pegas y parece menos positivo. Después de todo, como dijo alguien alguna vez, “me gustan los pesimistas. Siempre son los que traen chalecos salvavidas a la barca.” Y como alguien más dijo, “Puede que haya un pony por aquí en algún sitio. Pero seamos reales, si parece un pato y hace cuac cuac como un pato, ¡es (probablemente) un pato!”